Coleccionista de Cactus

Basta entrar en un vivero o una florería, incluso un puesto de flores callejero, y encontrarse por primera vez en la vida con esas prolijas bandejas llenas de pequeñas macetas N° 5, ofreciendo diminutos cactus rodeados por piedritas de colores fluorescentes. Es difícil no tentarse con esos simpáticos pinchudos que parecen ir bien en cualquier lado. Tienen el tamaño perfecto para ocupar cualquier repisa, para animar cualquier escritorio oficinista, o para ser un adorno más en la mesa ratona de un monoambiente en Paternal. 

Primer encuentro
 “Total no necesitan cuidados”, nos dice un compañero de trabajo, o la tía Pocha. Y una, que es una persona ocupada, se compra feliz la plantita que promete cuidarse a sí misma, y aparte de compacta, vale lo mismo que dos alfajores. ¿Qué más se puede pedir?
Y así, cada día, cientos y miles de cactus peregrinan desde los viveros a las casas, departamentos y oficinas de cientos y miles de personas. Es una marcha silenciosa, la última para muchos de ellos.

Al llegar a destino, el cactus es despojado del papel que lo envuelve, y es ubicado en algún lugar a gusto del dueño. Algunos afortunados terminan en un balcón, otros van a parar cerca de una ventana. Muchos ven pasar sus días bajo un tubo fluorescente. 

De aquí en más pueden pasar varias cosas: si el cactus cayó en manos de un dueño abandónico, es posible que pase días, sino semanas y meses sin recibir una gota de agua. El pequeño ejemplar, adaptado evolutivamente a la escasez del vital elemento, agota  sus reservas, perdiendo volumen, y reduciendo sus funciones al mínimo, de acuerdo pasa el tiempo. Un buen día, un alma caritativa se acuerda del ser vivo que agoniza en el estante, y lo riega con un mezquino chorrito, pero es demasiado tarde: el cactus, que en vista de la mala temporada entró en reposo por stress hídrico y falta de luz, también eliminó gran parte de su sistema radicular para ahorrar energía. La poca agua que recibe apenas sirve para humedecer su cuello y la parte superior de sus raíces, sin embargo es más que bienvenida por otros habitantes del sustrato: Los hongos y bacterias. El resto es predecible: manchas, reblandecimiento, oscurecimiento, y muerte. Un triste final.

Pero el cactus también puede caer en manos de una persona con buena voluntad, posiblemente alguien que ya tiene otras plantas y desea nuevas experiencias botánicas. Como tiene alguna idea de lo que es la fotosíntesis, coloca el cactus cerca de la ventana, y lo riega un poco. Luego de unos días, lo vuelve a regar un poco. Y así, siempre lo riega un poco, porque piensa que a los cactus hay que regarlos “poco”. Es posible que tome una medida de referencia, por ejemplo una cucharada, o una tapita de gaseosa llena de agua. Un día le parece que una cucharada es poca agua, y le pone dos. Luego se cansa de tanta precisión y lo riega con un chorrito. El cactus tendrá buena pinta al principio, incluso puede empezar a crecer rápidamente. Como está en una ventana dónde recibe luz directa unas dos o tres horas por día, empieza a crecer de forma descontrolada, como corriendo hacia el último rayito de luz solar, y de esa manera el cactus que al principio era más o menos esférico, o estaba formado por “paletas” circulares, comienza a volverse alargado y frágil. En este punto la mayor parte de los novatos nos alegramos al ver los rápidos avances de nuestro ejemplar, aunque no se parezca mucho al cactus que compramos.
Al llegar el invierno, el cactus recibe menos luz, baja la temperatura, y  entonces el muchacho entiende que tiene que entrar en reposo. Quién probablemente nunca se entere de ello es él o la dueña, que sigue regando como de costumbre (a esta altura con un chorro, entusiasmada por los éxitos). Pero el cactus ya redujo su metabolismo al mínimo preparándose para el invierno, y el agua solo se acumula en el sustrato, que no llega a secarse por la frecuencia de riegos, lo que alegra enormemente a unos que ya conocemos: hongos y bacterias.

Luego de fracasar en un primer intento, algunos de nosotros insistimos comprando un nuevo cactus, o alguien nos regala otro. Entonces vamos probando distintas formas de riego, distintas ubicaciones en la casa. Al quinto o sexto cactus, cuando los hongos vuelven a atacar letalmente, nos desesperamos, lo dejamos meses sin regar, observamos su agonía con desesperanza en nuestros ojos. La incertidumbre y el miedo a una nueva muerte nos acechan cuando volvemos a pasar por la florería, y vemos a nuestros pequeños amigos sonreírnos desde sus lechos de colores. Muchas personas desisten en el camino, pero algunos y algunas seguimos intentando, porque llega un punto en que el amor hacia los cactus nos ganó el corazón, y no podemos concebir nuestra vida sin un amigo pinchudo al lado. 

El cactus que me enseño a cuidar cactus
 Arremetemos contra las adversidades, y buscamos información. Leemos, preguntamos, experimentamos con cierta duda. Nos enteramos de las propiedades anti fúngicas de la canela, le perdemos el miedo a desenterrar el cactus y examinar las raíces para encontrar posibles enemigos. Los envolvemos amorosamente en papel tissue para que cicatricen sus heridas. Inventamos muebles imposibles para garantizarles la mayor cantidad de luz solar diaria, incluso a costa de entorpecer nuestro tránsito por la casa. Los sacamos afuera para que “disfruten del sol” y corremos desesperados a entrarlos por la madrugada, en calzones y pantuflas bajo una tormenta infernal, porque no queremos que se mojen. No nos importa pincharnos hasta el alma cuidándolos, y ahí es cuando nos damos cuenta lo que realmente significa ser coleccionista de cactus. Es más que un hobbie, es amor incondicional
“Ah, ¿coleccionas cactus? Y claro, es re fácil, si no necesitan cuidados” nos repite algún conocido y nos reímos de él, para no insultarlo. Solo nosotros, los y las amantes de los cactus,  sabemos cuánto cuidado requieren.

Tarde o temprano, llega el día en todo cobra el más maravilloso sentido, cuando despertamos una mañana, y al ir a mirar nuestra pequeña gran colección, encontramos el primer cactus en flor, brillando como no puede hacerlo ninguna joya. Ese momento que para cualquiera es insignificante, para nosotros y nosotras es la más inequívoca señal de agradecimiento hacia nuestros cuidados, es nuestro cactus victorioso diciéndonos que hicimos todo bien, que ya es capaz de dar nueva vida.  

Y ese pequeño detalle, tan simple, nos hace llorar de emoción.


Parodia Microsperma, mi primer cactus en florecer, con su primera floración.

6 comentarios:

{ Marce } at: 17 de septiembre de 2011, 20:51 dijo...

Tengo muchos cactus pequeños en las ventanas de mi depto.Estos se han adaptado muy bien,en mi anterior depto. tenían menos horas de luz.Acá se ven hermosos,han crecido un poco y varios ya me han dado bonitas flores...unos,el verano pasado,otros,este final de invierno...

{ ARG } at: 19 de octubre de 2011, 8:09 dijo...

muy bonito tu artículo. Es fácil identificarse con tus palabras.

saludos

{ La Cactaria } at: 19 de octubre de 2011, 14:30 dijo...

Gracias por tomarte el tiempo para leerlo, me alegra qeu te haya gustado

{ DaveX } at: 27 de octubre de 2011, 17:12 dijo...

Excelente tu artículo. Amo cada palabra de él.

Y para terminar cito una frase que encontré en otro foro de cactus:

"Hay plantas que hacen unas flores muy bonitas pero con un diseño, un color y una perfección como la de los cactus no hay otras."

{ La Cactaria } at: 27 de octubre de 2011, 17:22 dijo...

Gracias por tus palabras Davex, estoy totalmente de acuerdo con la frase que citas: no hay otras flores como las que nos dan los cactus, son simplemente perfectas.

Un abrazo!

{ javierdgb } at: 6 de abril de 2017, 11:39 dijo...

Soy de Venezuela y tengo 18 años, tengo unos 11 cactus pero no sé mucho de su especie y nadie al parecer puede ayudarme, no he encontrado personas que aclaren mis dudas. Me siento mal por no cuidarlos como se deben. Sé que no es sólo agua y algo de sol, sé que se necesita más y no me gusta hacer las cosas mal. Por favor, si algún venezolano o alguna alma de Dios quisiera ayudarme, no dude en responder mi comentario.

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